Cuando la mujer salvaje deja de ser metáfora

Una crónica sobre "Mujeres que corren con los lobos", de Clarissa Pinkola Estés
Crónicas del Desvelo | José Luis Colombini
Este libro llegó a mis manos de manera particular y termino quedándose a vivir en algún rincón de mi memoria. No siempre entendemos, por qué alguien nos lo recomienda con tanta insistencia y premura. Mientras tanto pasan los años, la vida hace su trabajo y recién entonces descubrimos que aquel libro no era solamente un libro. Era una puerta que alguien había dejado entreabierta para que, tarde o temprano, nos animáramos a entrar.
Con Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, me ocurrió algo de eso. Aunque, en realidad, la historia de este libro comienza antes de abrir sus páginas. Comienza con mi madre.
Era principios de los años noventa. El libro acababa de aparecer y yo, que por entonces era un lector bastante voraz, probablemente no lo habría elegido por mi cuenta. Fue ella quien insistió en que lo leyera. Mi madre era psicóloga, una mujer de lecturas apasionadas y convicciones firmes. Tenía esa particularidad de algunas personas que no recomiendan un libro: prácticamente ordenan leerlo.
Todavía recuerdo una de sus sentencias, pronunciada con absoluta seriedad: —Una muchacha que no haya leído este libro jamás será una persona a tu altura y formación intelectual.
Hoy me causa cierta gracia recordarla. No sé si tenía razón, aunque sospecho que tampoco estaba demasiado interesada en discutirlo. Era mi madre. Tenía sus propias teorías sobre el mundo y, cuando se trataba de libros, pocas veces aceptaba una objeción.
El ejemplar terminó incorporándose a mi biblioteca. Pero también quedó asociado a aquella conversación, a su manera de entender la literatura y a esa costumbre suya de acercarme lecturas que consideraba importantes. Mi madre tenía una relación particular con los libros. No los veía como objetos decorativos ni como trofeos de erudición. Le interesaban las historias, los comportamientos humanos, las contradicciones, aquello que se escondía detrás de las palabras y los silencios. Quizá su profesión tuviera algo que ver. Pasaba buena parte de su vida escuchando a otras personas, intentando comprender sus conflictos, sus heridas y sus historias. Sabía que detrás de cada relato había algo más que una sucesión de acontecimientos.
Por eso, con los años, empecé a sospechar que aquella recomendación no había sido casual.
La loba que habita en las historias
Publicado originalmente en 1992, Mujeres que corren con los lobos se convirtió en uno de esos libros que atraviesan generaciones. Su autora, Clarissa Pinkola Estés, psicoanalista junguiana, escritora y estudiosa de las tradiciones orales, construyó una obra singular en la que confluyen la psicología, los mitos, el folclore, los cuentos populares y las historias transmitidas de generación en generación.
No es un libro que pueda leerse con apuro. Tampoco es una colección de consejos para alcanzar una felicidad prefabricada. Exige detenerse, volver sobre algunas páginas y dejar que sus relatos desplieguen sus significados.
La propuesta central gira alrededor de una figura: la Mujer Salvaje.
Estés utiliza esa imagen para hablar de una dimensión instintiva, intuitiva y creativa de la experiencia femenina. Una fuerza interior que puede quedar sepultada bajo las obligaciones, las convenciones sociales, los mandatos familiares y las expectativas ajenas.
La Mujer Salvaje no es una criatura feroz que vive escondida en algún bosque. Es, simbólicamente, esa parte de una persona que conserva la capacidad de reconocer lo que necesita, advertir los peligros, crear, elegir y reconstruirse después de una pérdida.
Es la voz que muchas veces aprendemos a silenciar para no incomodar. La intuición que descartamos porque no tenemos argumentos suficientes para explicarla. El deseo que postergamos porque alguien nos convenció de que había otras prioridades.
La autora encuentra en el lobo una figura poderosa para representar esa sabiduría instintiva. Frente a la imagen amenazante que tantas narraciones tradicionales construyeron alrededor de este animal, Pinkola Estés recupera su dimensión de criatura ligada al territorio, la memoria, la supervivencia y el conocimiento de los caminos.
La loba sabe orientarse. Reconoce el peligro. Protege a los suyos. Sabe cuándo avanzar y cuándo retirarse.
Pero lo verdaderamente interesante del libro no está solamente en esa metáfora. Está en la manera en que la autora recupera antiguos relatos para hablar de experiencias que siguen atravesando nuestras vidas.
Los cuentos que no terminan en la infancia
Caperucita Roja, Barba Azul, Vasalisa, la Mujer Esqueleto, La Loba. Historias que muchos conocimos durante la infancia y que probablemente creíamos haber dejado atrás junto con los libros ilustrados y los cuentos antes de dormir.
Pinkola Estés vuelve sobre ellas y descubre otros territorios. En sus páginas, los cuentos dejan de ser simples relatos infantiles. Se convierten en representaciones simbólicas del miedo, el deseo, la traición, la intuición, la pérdida y la posibilidad de recuperar aquello que creíamos extraviado.
En Barba Azul, por ejemplo, aparece el peligro de no querer mirar aquello que intuimos que está mal. La prohibición de abrir una puerta se transforma en una metáfora del conocimiento que necesitamos adquirir, incluso cuando descubrir la verdad puede resultar doloroso.
En Vasalisa, la presencia de Baba Yaga introduce una figura inquietante y fascinante: la vieja sabia, la mujer que conoce los secretos del bosque y que no entrega sus enseñanzas sin antes someter a quien llega hasta ella a determinadas pruebas.
Hay algo profundamente atractivo en ese universo. Las historias parecen hablarnos desde un tiempo anterior a nosotros, como si conservaran una memoria que no nos pertenece del todo y que, sin embargo, reconocemos.
Quizá por eso sobreviven los cuentos populares. Cambian las épocas, las costumbres y los escenarios, pero algunas experiencias humanas permanecen. Seguimos enfrentándonos al miedo, a la pérdida, a las decisiones difíciles y a la necesidad de encontrar nuestro propio camino.
La autora no pretende ofrecernos una explicación definitiva de la existencia. Su trabajo consiste en abrir las historias, buscar sus símbolos y mostrarnos que detrás de un relato aparentemente sencillo puede esconderse una experiencia mucho más compleja. Y eso es lo que vuelve interesante a este libro: no solamente lo que cuenta, sino la manera en que nos invita a volver a mirar aquello que creíamos conocer.
Una lectura que también habla de nosotros
Sería injusto leer a Pinkola Estés sin detenerse en algunas de sus ideas más discutibles. Su noción de una naturaleza femenina profunda, asociada con la intuición y una sabiduría ancestral, ha sido cuestionada desde distintas perspectivas feministas.
La pregunta es válida: ¿existe una esencia femenina universal o estamos reemplazando viejos estereotipos por otros más amables?
Es una discusión que merece su espacio. No todas las mujeres viven la experiencia femenina de la misma manera, ni existe una única forma de entenderla. Las identidades también están atravesadas por la cultura, la historia y las relaciones de poder.
Sin embargo, creo que la potencia simbólica del libro no depende de aceptar literalmente cada una de sus afirmaciones. Su valor está también en las preguntas que despierta, en la posibilidad de reconocer experiencias de silenciamiento, pérdida de autonomía y recuperación de la propia voz.
Y aunque la obra está pensada desde la experiencia de las mujeres, hay algo en su planteo que también interpela a quienes la leemos desde otro lugar: cuánto de nuestra vida responde a nuestros deseos y cuánto a las expectativas que otros fueron construyendo sobre nosotros.
No es una respuesta que pueda encontrarse en un capítulo ni una enseñanza que se resuelva al cerrar el libro. Quizá tampoco sea necesario.
Lo que mi madre me dejó entre las páginas
Con el paso de los años, aquel ejemplar adquirió otro significado para mí.
Cuando lo leí por primera vez, era un libro que me había recomendado mi madre. Una lectura más dentro de una biblioteca que crecía constantemente. Me interesaban sus relatos, sus asociaciones, el universo de símbolos que proponía Clarissa Pinkola Estés. Pero entonces no podía imaginar que, varias décadas después, volvería a sus páginas y encontraría también algo de aquella mujer que me había puesto el libro delante.
Mi madre ya no está. Y hay una particularidad en las lecturas que compartimos con las personas que hemos perdido: los libros permanecen, pero nosotros cambiamos. Volver a ellos es, de alguna manera, volver a encontrarnos con quienes fuimos y con quienes nos acompañaron.
A veces basta una frase subrayada, una anotación al margen o el recuerdo de una conversación para que una lectura deje de ser exclusivamente literaria. Pienso en ella, en su formación como psicóloga, en su curiosidad por las historias humanas y en aquella manera tan suya de defender determinados libros como si fueran pequeñas revelaciones que uno no debía dejar pasar.
Me pregunto qué habría encontrado ella en Mujeres que corren con los lobos. Qué historias la habrían conmovido, qué interpretaciones habría discutido, qué pasajes habría considerado especialmente importantes. También me pregunto si alguna vez imaginó que yo seguiría recordando aquella recomendación tantos años después.
No tengo esas respuestas. Pero hay algo que sí puedo reconocer: mi madre me acercó un libro que terminó convirtiéndose en parte de mi historia personal. Y, aunque no siempre somos conscientes de estas cosas, algunas recomendaciones literarias tienen una dimensión afectiva que solamente el tiempo consigue revelar.
Tal vez ella veía en la obra de Pinkola Estés algo relacionado con su propio trabajo, con su manera de escuchar y comprender a las personas. Tal vez quería que yo pudiera acercarme a experiencias femeninas que, desde mi lugar, no siempre estaba en condiciones de comprender. O simplemente consideraba que era un libro que merecía ser leído.
No hace falta encontrar una explicación extraordinaria. A veces las madres saben recomendar libros y no necesitan escribir un tratado para justificarlo.
El libro y la memoria
Cuando Mujeres que corren con los lobos llegó a mis manos, a principios de los noventa, yo era otro lector. Tenía otras preguntas, otras inquietudes y esa confianza juvenil en que la literatura podía abrir todas las puertas.
Hoy sé que ningún libro puede explicarlo todo. Tampoco puede evitar nuestras equivocaciones ni resolver los conflictos que llevamos a cuestas. Pero algunos consiguen acompañarnos durante mucho tiempo, incluso cuando dejamos de frecuentarlos.
La obra de Clarissa Pinkola Estés sigue teniendo algo que decir porque sus historias trabajan con materiales que no han perdido vigencia: el miedo, el deseo, la identidad, la memoria, la pérdida y la necesidad de reconstruirse. Sus lobas y sus mujeres pertenecen al universo de los símbolos, pero las preguntas que plantean están profundamente arraigadas en la vida cotidiana.
Y, sin embargo, cada vez que pienso en este libro termino regresando a una escena mucho más sencilla: mi madre recomendándomelo, su convicción inquebrantable y aquella frase que todavía puedo escuchar con bastante nitidez.
Quizá esa sea una de las formas más íntimas de la herencia. No solamente recibir objetos, fotografías o recuerdos, sino descubrir que algunas personas siguen presentes en las cosas que nos enseñaron a mirar.
Mi madre me dejó muchas cosas, pero entre ellas hay una biblioteca invisible, hecha de lecturas recomendadas, conversaciones, discusiones y libros que todavía esperan ser abiertos.
Mujeres que corren con los lobos ocupa un lugar especial en esa biblioteca.
Hoy ya no escucho aquella sentencia como una exigencia intelectual ni como una clasificación de las personas según los libros que han leído. La escucho como la voz de una mujer que confiaba profundamente en la capacidad de las historias para ampliar nuestra comprensión del mundo. Y cuando vuelvo a las páginas de Clarissa Pinkola Estés, entre sus lobas, sus viejas sabias y sus antiguos cuentos, también vuelvo a encontrarla a ella. Quizá por eso algunos libros nunca terminan de cerrarse. Porque, mucho después de haberlos leído, todavía conservan la voz de alguien que nos dijo que debíamos abrirlos.
