Cuando el alma escribe, la paz es posible
El 16 de agosto de 2026 me invitaron a hablar de la escritura y la paz.
El título del conversatorio era hermoso: "Cuando el alma escribe, la paz es posible". Mesa debate compartida con notables: Jose Luis serrano (Doña Jovita), Mingo Castillo, Frida Schneider y Gabriela Bayarri.
Y apenas lo leí pensé: no sé. No sé si escribir trae paz. De hecho, muchas veces sospecho exactamente lo contrario.
Uno no se sienta a escribir porque necesariamente esté en paz. A veces uno escribe porque algo adentro hace ruido. Porque hay una memoria que insiste, una ausencia que no termina de irse, una pregunta que vuelve, una bronca que no encuentra dónde ponerse, una tristeza que todavía no aprendió a llamarse tristeza.
Yo escribo, en buena medida, por eso. Porque hay cosas que no sé resolver de otra manera. Durante el conversatorio intenté explicar algo que todavía estoy tratando de entender: que la escritura no necesariamente elimina aquello que nos duele. A veces hace algo mucho más extraño. Le pone un nombre. Y cuando algo que durante mucho tiempo fue solamente una sensación consigue convertirse en palabras, cambia. No desaparece. Pero cambia. Tal vez ahí esté la relación entre escritura y paz que más me interesa. No una paz definitiva, solemne, de estampita religiosa. No esa felicidad de catálogo que últimamente parece venderse en todas partes. Hablo de un instante mucho más pequeño: ese momento en que algo que nos atormentaba finalmente encuentra una forma de decirse. Quizás la paz sea eso. O al menos una de sus formas posibles.
También hablamos de poesía. Y dije algo que cada vez creo con mayor convicción: "la poesía no necesariamente responde. Muchas veces consigue formular mejor la pregunta."
Y en una época desesperada por tener respuestas inmediatas para absolutamente todo, detenerse a formular una buena pregunta ya es una forma de resistencia.
Vivimos rodeados de instrucciones. Cómo ser felices. Cómo superar una pérdida.
Cómo pensar positivamente. Cómo levantarnos después de una caída. Cómo mirar hacia adelante. Cómo dejar atrás el pasado. La literatura, en cambio, a veces nos dice otra cosa: Esperá. Quedate un momento ahí. Miralo otra vez. Recordá. Preguntate qué pasó. Preguntate quién eras. Preguntate quién sos ahora. Quizás escribir sea también eso: darse permiso para detenerse.
Yo llevo muchos años viviendo entre libros, poemas, músicas, recuerdos y páginas escritas. Y con el tiempo descubrí que uno nunca escribe completamente solo.
Escribimos con todo lo que nos pasó. Con los libros que leímos. Con las canciones que nos acompañaron. Con las películas que vimos. Con las personas que amamos. Con las personas que perdimos. Con las conversaciones absurdas de una madrugada. Con las ciudades que dejamos. Con las calles que ya no existen. Con las heridas. Con las pequeñas alegrías. Con aquello que todavía no sabemos si fue una tragedia o simplemente una parte de la vida. Todo eso escribe con nosotros. Por eso tampoco creo demasiado en esa imagen romántica del escritor encerrado en una habitación, aislado del mundo, produciendo literatura como si las palabras nacieran exclusivamente de su cabeza. No. Uno escribe con la vida. Y también escribe con la memoria. Pero la memoria no es un museo. Es una criatura extraña. A veces inventa. A veces deforma. A veces borra. A veces devuelve algo que creíamos perdido para siempre.
Una persona que ya no está puede aparecer de pronto en una página. Una calle de hace treinta años puede regresar en una frase. Una conversación olvidada puede convertirse en poema. Una canción puede abrir una puerta que creíamos clausurada. La escritura tiene ese extraño poder de convertir la ausencia en presencia. Y quizás por eso escribimos también para conversar con quienes ya no están, con quienes estuvieron poco tiempo, con quienes nos hicieron daño, con quienes amamos y hasta con aquellas versiones de nosotros mismos que ya no existen.
Después alguien preguntó qué significa eso de que "el alma escribe". Y tuve que admitir que desconfío un poco de la palabra alma. Pero entiendo perfectamente lo que intenta decir. Hay una zona de nosotros que no habla con el lenguaje cotidiano. Durante el día hablamos para pedir cosas, responder mensajes, trabajar, discutir, comprar, vender, explicar. Pero hay cosas que no caben ahí. Y a veces aparece un poema. Una frase. Una página. Y de pronto aquello que estaba adentro, todavía sin nombre, encuentra una forma. No sé si eso es paz. Pero sí sé que hay un alivio enorme cuando algo que era solamente sensación consigue convertirse en palabras. Y entonces vuelvo al título del encuentro: Cuando el alma escribe, la paz es posible.
Ahora que pasó el conversatorio, creo que cambiaría apenas una palabra. No estoy seguro de que escribir nos lleve a la paz. Pero sí creo que escribir puede sacarnos de la soledad. Y quizás eso sea todavía más importante. Porque a veces la paz no consiste en que desaparezca el ruido. A veces consiste simplemente en descubrir que no somos los únicos escuchándolo. Ayer hablé de esto frente a otras personas. Hoy, mientras vuelvo sobre lo que dije, pienso que quizá la escritura no sea una manera de escapar del caos.
Quizás sea, simplemente, una manera de sentarnos frente a él. Mirarlo. Escucharlo. Y decir: "esto que me pasa tiene palabras."
Y cuando finalmente las encontramos, aunque sea por un instante, el mundo parece hacer un poco menos de ruido.