Cristóbal Colón y el espejo de la hipocresía

12.10.2026

Una reflexión incómoda para el 12 de octubre.

Hice un meme, hace unos años, con el rostro de Cristóbal Colón y una contradicción que me viene dando vueltas en la cabeza: esa costumbre tan humana de condenar en los discursos aquello que reproducimos cotidianamente en nuestras propias vidas.

La imagen pone al almirante frente a una paradoja contemporánea. Personas que cuestionan la conquista, reniegan de la hispanidad y denuncian —muchas veces con razón— la violencia colonial, pero que al mismo tiempo desprecian a sus hermanos latinoamericanos, reproducen prejuicios raciales y parecen necesitar una distancia imaginaria respecto de aquello que consideran inferior.

No hice el meme para defender a Colón ni para reivindicar la conquista. Lo hice para señalar una contradicción. Porque una cosa es revisar críticamente la historia y otra, muy distinta, utilizarla como una bandera moral mientras seguimos practicando, en el presente, algunas de las jerarquías que decimos repudiar.

Cada 12 de octubre cambiamos las palabras, discutimos los nombres y volvemos sobre las heridas de nuestra historia. Pero la pregunta que me interesa es otra: ¿qué hacemos con esa historia cuando dejamos de discutirla y volvemos a mirarnos entre nosotros?

El meme es brutal y certero: Colón mirando a quienes odian la hispanidad, condenan la conquista —de forma anacrónica, dicen algunos—, pero van a misa, hablan español, estudian inglés, utilizan filtros para verse más blancos y desprecian a sus hermanos latinoamericanos desde la ventana de una red social.

Hay algo más que una provocación en esa imagen. Hay un espejo.

Cada 12 de octubre volvemos a discutir cómo nombrar una fecha que durante décadas fue celebrada como el Día de la Raza. Después llegaron otras palabras, otras sensibilidades, otras formas de entender aquel acontecimiento. En Argentina hablamos hoy del Día del Respeto a la Diversidad Cultural. El cambio no es un simple maquillaje del calendario: intenta desplazar el centro de la historia, abandonar la épica del conquistador y reconocer a los pueblos originarios, sus culturas, sus lenguas y la violencia que padecieron.

Pero cambiar el nombre de una fecha no modifica automáticamente la conciencia de una sociedad. Las palabras pueden abrir una puerta; cruzarla es otro asunto.

La conquista no fue una excursión turística ni un encuentro entre culturas en condiciones de igualdad. Fue también saqueo, sometimiento, evangelización forzada, explotación y destrucción de comunidades enteras. Hubo resistencias, alianzas, mestizajes y contradicciones, por supuesto. La historia nunca cabe del todo en una consigna. Pero reconocer su complejidad no significa utilizarla como coartada para borrar la violencia.

Tampoco tiene demasiado sentido juzgar el siglo XV como si sus protagonistas hubieran nacido ayer. El anacronismo es una trampa cuando reemplaza la comprensión histórica por una condena automática. Sin embargo, comprender el contexto de Colón no obliga a absolver las consecuencias de la conquista. Podemos estudiar a los hombres de su tiempo sin convertirlos en héroes intocables ni en demonios de utilería.

El problema comienza cuando usamos la historia como un espejo selectivo: queremos ver aquello que nos favorece y borramos lo que nos incomoda.Hablamos español. Profesamos, cuando así lo elegimos, una religión llegada con los conquistadores. Incorporamos costumbres, instituciones y formas de pensar procedentes de Europa. Nuestra identidad está atravesada por esa herencia, pero también por las culturas indígenas, las raíces africanas, las migraciones y las innumerables mezclas que hicieron de América Latina un territorio irreductible a cualquier pureza.

No elegimos de manera individual el mundo en el que nacimos. Nadie puede renunciar por decreto a una lengua materna ni desarmar su identidad como quien cambia de camisa. El asunto no es sentir vergüenza por hablar español, ir a misa o estudiar inglés. El asunto es creer que esas prácticas nos vuelven superiores, más civilizados o menos latinoamericanos que los demás.

Porque la colonización también dejó una jerarquía de colores, apellidos, acentos y procedencias. Una escala invisible que todavía parece ordenar quién merece respeto y quién debe justificar su existencia. El racismo no siempre necesita levantar la voz. A veces habla con una sonrisa, con un chiste, con una corrección gramatical innecesaria o con ese desprecio elegante que convierte al otro en alguien inferior sin necesidad de pronunciar la palabra raza.

Y entonces aparecen los filtros.

Los de Instagram, que suavizan la piel y borran las imperfecciones; y los otros, los que llevamos instalados en la cabeza. Esos filtros que nos permiten admirar Europa y despreciar al vecino, venerar una cultura extranjera y ridiculizar las costumbres de nuestros pueblos, sentirnos descendientes de una genealogía prestigiosa mientras escondemos bajo la alfombra todo aquello que asociamos con lo indígena, lo mestizo, lo pobre o lo provinciano.

No se trata de condenar a quien se aclara el rostro en una fotografía ni de establecer un examen de pureza ideológica para entrar en América Latina. Se trata de preguntarnos por qué, en determinados contextos, parecernos más blancos todavía puede funcionar como una promesa de aceptación social. Por qué el desprecio hacia nuestros propios hermanos se disfraza tantas veces de humor, de superioridad cultural o de simple opinión personal.

Las redes sociales han perfeccionado ese mecanismo. Desde una ventana diminuta podemos repartir certificados de ignorancia, burlarnos del acento ajeno, despreciar al migrante, insultar al indígena y dictar sentencia sobre cinco siglos de historia entre una publicación y otra. Todo con la tranquilidad de quien cree que la pantalla lo absuelve de sus propias contradicciones.

Quizás la verdadera herencia de la conquista no sea solamente la lengua que hablamos o las instituciones que organizan nuestras vidas. Quizás sobreviva, sobre todo, en la costumbre de mirar hacia arriba para encontrar un modelo y hacia abajo para encontrar a alguien a quien despreciar.

Por eso el 12 de octubre debería servirnos para algo más que una discusión anual entre nostálgicos de la hispanidad y detractores de Colón. No necesitamos elegir entre una celebración acrítica de la conquista y una condena simplista de todo lo que vino de Europa. Necesitamos una memoria capaz de reconocer la violencia sin negar los mestizajes, de estudiar la historia sin convertirla en propaganda y de celebrar la diversidad sin transformarla en una consigna vacía.

La identidad latinoamericana no es una mancha que debamos limpiar ni una medalla que podamos exhibir. Es una historia conflictiva, hecha de heridas, resistencias, imposiciones, encuentros y reinvenciones. No hay pureza que recuperar. Hay una realidad que comprender.

Cristóbal Colón, desde su retrato, quizá siga sin entender nuestras discusiones. Nosotros, en cambio, deberíamos empezar a entender algo mucho más urgente: no alcanza con cambiar el nombre del feriado si seguimos reproduciendo, en la vida cotidiana, las jerarquías que decimos condenar.

La conquista terminó como empresa histórica, pero muchas de sus relaciones de poder sobrevivieron bajo otros nombres. Algunas se esconden en los discursos oficiales; otras, en los prejuicios familiares; otras, en el desprecio que lanzamos desde una pantalla contra alguien que se parece demasiado a nosotros.

Y ahí está la paradoja: podemos pasar el día denunciando a Colón y terminar la noche despreciando a un latinoamericano por su piel, su acento o su lugar de nacimiento.

El almirante ya no necesita desembarcar.

A veces, quinientos años después, somos nosotros quienes seguimos llevando la conquista adentro.

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