Chomsky, esa vieja costumbre de pensar contra la corriente

23.10.2026

Conozco muchas bibliotecas de distinta gente. Es lo primero que observo al entrar en una casa, que libros tiene, que discos, que adornos, que guardianes custodian esos libros. Eso ya me describe a los que ahí viven. Muchas bibliotecas se construyen por acumulación, otras se construyen por afinidad. La mía tiene algo de ambas. Los libros llegan, se acomodan como pueden, se desplazan, se apilan sobre otros libros y, con el tiempo, terminan formando una especie de autobiografía involuntaria. Uno cree que está reuniendo autores, pero en realidad está dejando rastros de sí mismo.

Uno cree que todas las casas funcionan igual hasta que descubre que no.

Desde que tengo memoria, en vez de celebrar la Navidad, nosotros celebrábamos el "7 de diciembre", el cumpleaños de Noam Chomsky. Mientras otras familias armaban el arbolito y esperaban a Papá Noel, en la nuestra aparecían libros, discusiones sobre política, sobremesas interminables y preguntas sobre el mundo.

Nunca me pareció extraño.

Muchos años después, mi hija Azul Brisa estaba mirando "Capitán Fantástico". De pronto me llamó desde el sillón.

—¡Pá! ¡Celebran a Noam Chomsky como nosotros... y los abuelos!

Me reí.

Ella acababa de descubrir que aquella tradición familiar no era una extravagancia inventada por nosotros. En la película, esa familia también celebraba el nacimiento de Chomsky en lugar de la Navidad. Por primera vez veía reflejada en una pantalla una costumbre que, sin proponérnoslo, había atravesado tres generaciones.

Pensé entonces que hay familias que heredan relojes. Otras, campos. La mía me dejó la costumbre de hacer preguntas.

Mis padres no me enseñaron a admirar a Chomsky como si fuera un santo laico. Me enseñaron algo más importante: que las ideas también podían heredarse. Que un pensador podía ocupar un lugar en la mesa familiar. Que discutir era una forma de quererse. Así crecí.

Cuando otros chicos recibían juguetes, yo encontraba libros. En los estantes de casa convivían Borges, Marx, Orwell, Cortázar y Chomsky con absoluta naturalidad. La política nunca fue una conversación prohibida; era parte del almuerzo.

En algún momento, entre Borges, Schopenhauer, Foucault y tantos otros, Noam Chomsky empezó a ocupar un lugar particular.

No fue una lectura pasajera. Tampoco una moda intelectual de esas que uno adopta para exhibir en las conversaciones. Chomsky se convirtió en uno de esos autores a los que regreso porque, incluso cuando no estoy de acuerdo con todo lo que dicen, encuentro en sus libros una invitación a desconfiar de lo que parece demasiado evidente.

Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa.

Tengo en mi biblioteca varios de sus libros. Los miro y pienso que, de alguna manera, todos forman parte de una misma conversación. Una conversación que atraviesa la lingüística, la política, la historia, los medios de comunicación y esa vieja pregunta acerca de quién tiene el poder de decirnos cómo debemos interpretar la realidad.

Chomsky me interesa por esa capacidad de desplazarse entre disciplinas sin perder de vista una preocupación central: el ser humano y las estructuras que condicionan su libertad.

Su trabajo como lingüista revolucionó la manera de pensar el lenguaje. Pero fue su intervención política la que terminó convirtiéndolo en una presencia permanente en mi biblioteca. Hay algo profundamente estimulante en esa combinación: el hombre que estudia las estructuras de la lengua es también el que se dedica a desmontar las estructuras del poder.

En uno y otro territorio, la pregunta parece ser la misma: ¿qué mecanismos operan detrás de aquello que aceptamos como natural?

Quizá por eso me gusta tanto leerlo.

No porque Chomsky tenga todas las respuestas. Desconfío de quienes parecen tenerlas. Me interesa, precisamente, porque obliga a revisar las preguntas, porque incomoda ciertas certezas y porque insiste en que la información no es necesariamente conocimiento, del mismo modo que la abundancia de discursos no garantiza una sociedad más libre.

Hay una diferencia enorme entre saber lo que sucede y comprender por qué sucede.

En Ilusiones necesarias, Chomsky se detiene en el papel de los medios de comunicación y en los mecanismos mediante los cuales se construye el consentimiento. La expresión resulta particularmente inquietante cuando uno observa el presente: una sociedad saturada de información, imágenes, opiniones y titulares que, paradójicamente, parece cada vez menos dispuesta a detenerse a pensar.

La velocidad se ha convertido en una forma de obediencia.

Leemos fragmentos, discutimos titulares, compartimos indignaciones y, muchas veces, terminamos reproduciendo aquello que creemos estar cuestionando. El pensamiento crítico exige algo que las plataformas no suelen favorecer: tiempo, atención, memoria y la disposición a reconocer que podemos estar equivocados.

Chomsky pertenece a esa tradición de intelectuales que no se conforman con describir el mundo. Quieren comprender las relaciones que lo organizan. Y, sobre todo, quieren señalar que esas relaciones no son inevitables.

Ahí aparece también su anarquismo. No como una consigna adolescente ni como una celebración del caos, sino como una sospecha persistente frente a las jerarquías que pretenden justificarse por sí mismas. Una desconfianza hacia el poder concentrado, hacia las instituciones que se presentan como neutrales y hacia los discursos que convierten los intereses particulares en necesidades universales.

Tal vez por eso sus libros me acompañan desde hace tantos años. Porque hay algo en su pensamiento que conversa con mis propias inquietudes, con mi manera de leer la historia, con esa necesidad casi obstinada de no aceptar que las cosas son como son simplemente porque alguien consiguió convencernos de ello.

En mi biblioteca, Chomsky no está solo. Dialoga con Orwell, con Foucault, con Marx, con tantos otros que entendieron que el lenguaje nunca es completamente inocente. Que las palabras pueden iluminar, pero también ocultar. Que una guerra puede cambiar de nombre para volverse aceptable. Que una injusticia puede adquirir apariencia de sentido común cuando se repite lo suficiente.

No se trata de leerlo para encontrar una doctrina a la cual adherir. Se trata de leerlo para mantener despierta una sospecha.

Y quizá ahí resida lo más valioso de su obra: en recordarnos que pensar no es repetir una respuesta, sino aprender a reconocer las preguntas que el poder preferiría que no formuláramos.

A veces miro estos libros y me pregunto cuántas de las ideas que hoy considero propias comenzaron, en realidad, en alguna de sus páginas. No hay manera de saberlo. Las lecturas dejan marcas que no siempre podemos identificar. Se mezclan con las experiencias, con las conversaciones, con las derrotas y con los años. Después uno escribe, discute, toma posición frente a determinadas cosas y cree que está hablando desde sí mismo.

Pero detrás de esa voz hay una biblioteca entera.

Me gusta Chomsky por eso. Porque no me ofrece una identidad, sino herramientas para ponerla en cuestión. Porque me recuerda que la inteligencia no consiste en acumular certezas, sino en desarrollar la capacidad de revisarlas. Porque, incluso cuando el mundo parece organizado para desalentar cualquier forma de pensamiento crítico, sus libros insisten en que comprender sigue siendo una forma de resistencia.

No sé si una biblioteca puede cambiar el mundo.

Pero sé que hay libros que modifican la manera en que uno lo mira.

Y, a veces, eso es el comienzo de todo.

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