Caminata

10.09.2026

Camino de mi casa al trabajo,

33 minutos de ida y 33 minutos a la vuelta,

lo hago a diario.

Lo hago básicamente para oxigenar pensamientos,

para sentirme en forma

y como entrenamiento para cuando enfrento

y peleo con mis demonios y mis fantasmas.

En esas caminatas escucho música,

debato, intercambio ideas y discuto conmigo mismo.

Me dejo sorprender por la realidad que envuelve mi mirada.

Me parece ver a William Faulkner comprando verduras.

Me parece ver a mis demonios y fantasmas caminando conmigo.

Me parece ver a mi super yo perdiendo con mis demonios y fantasmas.

Veo todo eso desde el reprimido fondo de mis arrebatos

y salvando todos los delirios inaccesibles

de muros polvorientos y resplandores desnudos

que obnubilan el letargo de los días.

Mis demonios y fantasmas me envían un beso oculto sin suspiro.

Me envían un puñal turbado, anudador, gemidor,

una cuchillada exacta, compacta, y un poquito estremecida

para que desangre el resto de mis días.



Caminata

Camino de mi casa al trabajo como quien va al paredón, pero sin balas ni aplausos: "33 minutos de ida y 33 de vuelta", un número prolijo en un país que no lo es. 33 minutos un número suficientemente simétrico como para engañar al destino. Lo hago todos los días. No por salud —eso es propaganda del Estado— sino para "oxigenar pensamientos", que es una manera elegante de decir que si no camino me quedo pensando en el precio del pan y me da un ACV conceptual.

Si. Es una forma elegante de decir que si no camino me pudro por dentro. Camino para no matar a nadie. Camino para entrenar. Camino con mis pensamientos pasándolos por la licuadora de la mente de una persona desbordada. Con el delirio lúcido y la andanza por calles abarrotadas de sueños no cumplidos como campo de batalla mental: y esa neurosis local que no necesita traducción.

Porque los demonios no aparecen de golpe: avisan.

Salgo con auriculares, que en este país trabajan como "chaleco antibalas emocional". Y funcionan como casco de guerra y confesionario portátil. En esas caminatas discuto conmigo mismo como si fuera una mesa de debate de cable a las siete de la mañana: todos hablan, nadie escucha, nadie tiene razón. Me interrumpo. Me insulto. A veces gano, casi siempre pierdo. Me prometo cambios estructurales que no voy a cumplir. "Cuando la cosa se pone rara, los raros se vuelven profesionales", decía "Hunter S. Thompson", y acá ya somos todos profesionales de la rareza.

La ciudad me rodea con su lógica absurda: semáforos que no entienden nada, gente que camina como si supiera a dónde va, kioscos que venden cigarrillos más caros que la dignidad.

La ciudad despierta mal. Los colectivos pasan cuando quieren, si quieren. El Sarmiento no frena, o viene lleno, el Sarmiento parece una leyenda urbana.

La inflación camina más rápido que yo. En una vidriera veo el precio del café cambiar entre paso y paso. "Bukowski" se me aparece en forma de pensamiento sucio: "¿Qué importa ganar o perder si igual vas a volver mañana? "No lo dijo así, pero podría haberlo dicho acá, esperando el bondi con cara de resaca metafísica.

En la verdulería de la esquina veo alguien parecido a "William Faulkner eligiendo tomates". No me sorprende: Faulkner entendería este país mejor que muchos ministros. "El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado", murmura, mientras el verdulero pesa la lechuga y te cobra como si fuera importada. Nadie más lo nota. La realidad argentina funciona así: "el delirio es privado, la precariedad es colectiva".

Mis demonios caminan conmigo. No adelante ni atrás: "al costado", como buenos amigos de barrio que te acompañan "por las dudas". No hacen ruido. Saben esperar. Mis fantasmas son más charlatanes: me recuerdan laburos mal pagos, amores que no prosperaron, decisiones tomadas "porque no había otra". Me miran con esa sonrisa que ya ganó la discusión antes de empezar.

El superyó aparece tarde, cansado, con olor a café barato, y pierde rápido. "El infierno son los otros", decía "Sartre", pero acá el infierno también es "llegar a fin de mes".

Paso por el kiosco. El kiosquero —filósofo sin cátedra— me mira y sentencia sin levantar la vista del celular: "Está todo imposible, pero hay que seguir."

Eso es todo. No hace falta "Nietzsche"cuando tenés un tipo que vende cigarrillos sueltos y sabe más de existencia que cualquier TED Talk. "Uno debe imaginarse a Sísifo feliz", decía "Camus", pero Sísifo no tenía que pagar el alquiler, ni cargar nafta, ni escuchar conversaciones superfluas de gente que usa mal el vocabulario en la oficina.

Observo todo desde el fondo reprimido de mis arrebatos, ese sótano mental donde guardo lo que no digo en el trabajo ni en los asados. Las paredes están llenas de "muros polvorientos ", de proyectos postergados, de resplandores desnudos que enceguecen el letargo de los días iguales. La rutina acá no anestesia: "adormece con sobresaltos ".

Mis demonios no se van sin despedirse. Me mandan un beso seco, sin ternura. Después viene el obsequio final: "un puñal exacto", compacto, apenas estremecido. No para matarme —eso sería caro— sino para que "desangre lento", lo justo, el resto de mis días laborales. "La herida es el lugar por donde entra la luz", decía "Rumi", aunque sospecho que nunca caminó 33 minutos con inflación de dos dígitos.

Mañana vuelvo a salir. Auriculares puestos. Batería del celular cargada hasta donde se pueda. Spotify. Demonios prolijos. Fantasmas con mate en mano. Porque, como también sabía Thompson, "la única gente que me interesa es la que está loca".

Y en este país, "eso no nos deja afuera a muchos". Quizás solo quizás es lo suficiente como para seguir caminando mañana. Otros 33 minutos. Ida y vuelta. Como si nada. Como siempre.

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