Borges, Halloween y el hombre           que se disfrazó de lobo             Una noche de monstruos, máscaras y regresos.

31.10.2026

Me hubiera gustado estar ahí. No por la fiesta de Halloween, ni por los disfraces, ni siquiera por la posibilidad de encontrarme con algún vampiro de utilería. Me habría bastado con ver a Jorge Luis Borges entrando en una habitación de Madison, Wisconsin, con una enorme cabeza de lobo y esa ironía suya que parecía llegar siempre unos segundos antes que las palabras.

Tenía 84 años. Era octubre de 1983 y había aceptado participar de una fiesta de disfraces durante su estadía en Estados Unidos. No era precisamente un aficionado a las máscaras, pero tampoco quería convertirse en el aguafiestas de la reunión. Así que terminó comprándose una cabeza de lobo por apenas dos dólares.

Cuesta imaginarlo. Borges, el hombre de las bibliotecas infinitas, los tigres, los espejos y los laberintos, convertido por una noche en una criatura de Halloween. Aunque, pensándolo bien, quizás no había tanta distancia entre aquel disfraz y los monstruos que habían poblado su literatura.

Había viajado para participar de una serie de encuentros y conferencias literarias. Argentina atravesaba sus últimas semanas de dictadura y se preparaba para recuperar la democracia después de siete años de oscuridad.

Por aquellos días, en Estados Unidos se celebraba Halloween. Alguien invitó a Borges a una fiesta de disfraces. La propuesta tenía algo de provocación involuntaria: el autor de tantos laberintos, espejos, pesadillas y universos imposibles debía participar de una celebración donde los monstruos abandonaban los libros para ocupar las calles.

Imagino la escena: el hombre de la ceguera, el escritor que había convertido la biblioteca en una forma del universo, caminando entre esqueletos, vampiros y criaturas de utilería. Un Borges disfrazado de aquello que tantas veces había convertido en metáfora.

Al entrar en la fiesta pronunció una frase en latín: "Homo homini lupus." El hombre es un lobo para el hombre.

No podía haber elegido mejor presentación.

Pero la noche todavía guardaba una sorpresa. Alguien se acercó para comunicarle una noticia que llegaba desde la Argentina: Raúl Alfonsín había ganado las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 1983. La dictadura llegaba a su fin y el país comenzaba a recuperar la democracia.

Entonces Borges volvió a entrar en la sala, todavía con su enorme cabeza de lobo, y anunció la noticia aullando.

Hay que detenerse un instante en esa imagen.

Borges, disfrazado de lobo, anunciando entre fantasmas y monstruos que en su país había terminado una pesadilla. La historia argentina irrumpiendo en una fiesta de Halloween. La realidad mezclándose con la ficción de una manera que ningún narrador habría podido resolver con mayor eficacia. Y pienso que hay algo profundamente borgeano en todo esto. Borges escribió sobre hombres que soñaban otros hombres, bibliotecas infinitas, espejos que multiplicaban la realidad y laberintos de los que quizá nunca se sale. También escribió sobre el tiempo, la memoria y las extrañas formas en que el destino se manifiesta.

Aquella noche, sin embargo, no necesitó inventar nada. El hombre que le tenía miedo a las máscaras terminó usando una. El escritor que había explorado la naturaleza del monstruo se convirtió en uno de ellos durante unas horas. Y el país que había vivido bajo el terror recibía, en medio de una celebración ajena, la noticia de su regreso a la democracia.

No sé si Borges pensó en todo eso mientras llevaba puesta aquella cabeza de lobo. Tampoco importa demasiado. Las mejores historias suelen ocurrir sin que sus protagonistas adviertan que están escribiendo algo memorable.

Quizá Halloween tenga precisamente esa virtud: por una noche nos permite convertirnos en aquello que tememos, en aquello que imaginamos o en aquello que nunca nos atreveríamos a ser a plena luz del día.

Pero aquella noche de 1983 hubo algo más importante que los disfraces. Porque mientras algunos celebraban monstruos de ficción, en la Argentina comenzábamos a despedirnos de uno real. Y Borges, que había pasado buena parte de su vida construyendo universos con palabras, terminó aquella noche aullando una noticia que valía mucho más que cualquier cuento.

A veces la literatura imita a la vida. Y otras, como aquella noche, la vida se toma el trabajo de escribir una página inolvidable.

Feliz Halloween. Que los monstruos permanezcan en los libros, que los laberintos sean solamente literarios y que nunca más tengamos que disfrazarnos de lobos para anunciar que la democracia ha regresado.

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