Amor prohibido. Casamiento express para dos fugitivos del amor (Algunas canciones)

Dedicado al Maestro Heraldo Bosio
La noche tenía gusto a fernet mal servido y a decisiones que no se pueden sostener con dignidad a la mañana siguiente. Estábamos en la terminal, ese limbo donde nadie pertenece del todo, donde todos están yéndose o llegando tarde a algo que ya no importa.
Las luces de neón nos caían encima como una confesión obligatoria. Nosotros dos ahí, haciendo equilibrio entre el deseo y la culpa, entre las ganas de huir y el peso muerto de lo que vendría después. Porque siempre hay un después, aunque uno intente borrarlo a besos.
Éramos eso: amantes de turno reducido. Amor con fecha de vencimiento. Yo, un tipo que jugaba a ser seductor mientras miraba sus propios zapatos orinados como prueba material del fracaso. Vos, una mujer con la agenda cerrada: en una semana te casabas. Punto final. Acto sellado.
Y sin embargo ahí estábamos, como si la noche pudiera suspender la ley.
El bar respiraba esa mugre sagrada de madrugada: vasos pegajosos, música saliendo de un equipo viejo que parecía estar a punto de morir pero resistía, como nosotros. Sonaba Van der Graaf Generator y el contraste con la escena era casi obsceno. Demasiada épica para dos personas que estaban a punto de romperse.
Entonces entró él.
Una figura encorvada, gastada, con esa dignidad arruinada que sólo tienen los músicos de pueblo, los que hicieron bailar a generaciones enteras en fiestas patronales y ahora piden ginebra como si fuera un acto religioso. No lo aplaudieron. Nadie lo reconoció. Mejor así.
Era un sobreviviente.
Nos miramos, y en ese cruce de ojos ya estaba todo dicho: el final había empezado antes de que pudiéramos evitarlo. Yo te observaba como un chico al que le están quitando lo único que tiene. Vos sostenías esa tristeza elegante que tienen las despedidas inevitables.
El estómago se me subía a la garganta. Pensé —con una certeza ridícula— que nunca más iba a besar así. Que ese momento era una especie de última cena sin apóstoles.
Y ahí, en un acto completamente irracional —o perfectamente lógico, depende del ángulo— te agarré de la mano y te llevé hasta la barra.
El tipo estaba solo. Terminándose la ginebra. —Maestro —le dije. Me miró. Como si ya supiera. Le apreté la mano con una intensidad innecesaria. Sonreí como un loco.
—¡Cásenos!
Vos no te resististe. Sonreíste. Nos besamos. Como si el mundo estuviera de acuerdo.
El tipo pidió otra ginebra. Sabía cosas. Se le notaba en la cara: había perdido suficientes batallas como para no creer en finales felices.
—Usted tiene que casarnos —insistí, como un condenado. Me miró largo. Tomó un trago. Y en esa pausa había una sentencia: el amor de una mujer puede dejar a un hombre en ridículo sin esfuerzo. Después hizo algo que todavía no sé si fue un chiste o un acto sagrado. Levantó la mano, cortó el aire en forma de cruz y murmuró en latín:
"Est voluntatem Dei". Y listo. Casados por decreto etílico en una terminal de ómnibus.
De fondo sonaba Led Zeppelin con "Since I've Been Loving You", en un centro musical grundig que sintonizaba la FM triac. Como si alguien allá arriba estuviera musicalizando el desastre con ironía fina. Lloramos. Claro que lloramos. Una lágrima cayó y se rompió contra el suelo como todo lo demás. El tipo dijo algo. No lo escuché bien. Tal vez "suerte". Tal vez "salgan de acá mientras puedan". Salimos. Arranqué el auto como quien huye de la escena del crimen. Sin rumbo. Porque el rumbo ya estaba decidido por otros. En la Triac apareció Lou Reed con "Walk on the Wild Side". Perfecto. Demasiado perfecto. Como si la noche se burlara de nosotros. Íbamos en silencio. Bajoneados. Derrotados antes de pelear. Pensé que esta ciudad está llena de heridas de amor, como cicatrices que nadie se anima a mostrar. Me vino a la cabeza Miguel Mateos, porque cuando uno está triste cualquier canción se vuelve una confesión.
Las calles estaban húmedas, vacías, como si alguien hubiera apagado el mundo. Y entonces apareció la risa. Phil Collins desde "Mama", riéndose en la oscuridad. Esa risa que no acompaña, que te hunde un poco más. Porque no hay nada peor que alguien riéndose cuando vos estás triste. Y ahí entendí todo: La noche y la vida se habían puesto de acuerdo para cagarse de risa de nosotros.