Aburrirse de uno mismo

Una palabra que esconde una pequeña tragedia sería aburrimiento: viene de abhorrescere, del latín: sentir aversión, horror, apartarse de algo. De ahí vienen también aborrecer y aburrir. La lengua, que a veces sabe más de nosotros que nosotros mismos, dejó ahí una pista.
Quizás aburrirse sea una forma pequeña, civilizada y perfectamente aceptable de aborrsecer.
No necesariamente aborrecemos el mundo. A veces nos aborrecemos un poco a nosotros mismos. Pero hemos aprendido a disimularlo. Le decimos aburrimiento.
El aburrimiento aparece cuando se detiene la maquinaria del deseo. Cuando no hay nada que comprar, nadie a quien seducir, ningún mensaje que contestar, ninguna serie que empezar, ningún trabajo urgente que terminar.
Entonces queda un espacio. Y en ese espacio aparecemos nosotros.
Schopenhauer lo entendió bastante bien: deseamos porque nos falta algo; cuando conseguimos lo que deseábamos, la satisfacción dura poco y vuelve el vacío. Entre el dolor de querer y el tedio de no querer queda ese territorio miserable donde el ser humano no sabe qué hacer consigo mismo.
Y para no mirarlo demasiado tiempo inventamos distracciones.
Mark Fisher diría que el capitalismo aprendió a convertir esa incomodidad en negocio.
No te preocupes por tu vacío, te dice. Comprá algo. No estás triste: necesitás entretenimiento. No estás solo: necesitás conexión. No estás insatisfecho: necesitás una experiencia. No estás aburrido: necesitás contenido. Y así pasamos buena parte de nuestra existencia consumiendo cosas para no encontrarnos con el único objeto que jamás podemos abandonar: nosotros mismos. Quizás por eso el teléfono resulta tan fascinante. No solamente nos ofrece información. Nos ofrece una salida de emergencia. Cada notificación es una pequeña puerta de escape. Cada desplazamiento del dedo hacia abajo es una forma de decir: Todavía no. Todavía no quiero estar acá.
Porque el aburrimiento tiene algo de espejo. Cuando desaparecen los estímulos, nos devuelve nuestra propia cara. Y no siempre nos gusta lo que vemos. Por eso llenamos las habitaciones de ruido. Por eso dejamos la televisión encendida aunque no la miremos. Por eso ponemos música mientras cocinamos, un podcast mientras caminamos, una pantalla mientras comemos. No soportamos demasiado bien el silencio porque el silencio no nos distrae de nosotros. Nos devuelve. Y quizás ahí esté la verdadera tragedia. Que pasamos la vida buscando personas, objetos, lugares y experiencias que nos hagan sentir vivos, cuando a veces lo que estamos buscando desesperadamente es una excusa para no sentirnos a nosotros mismos.
Entonces vuelvo a la palabra. Aburrirse. Aborrecer.
La lengua parece insinuarnos algo que nosotros preferimos ignorar. Quizás el aburrimiento sea el nombre socialmente aceptable de una antigua incomodidad: estar condenado a pasar toda la vida acompañado por uno mismo. Y tal vez por eso nos aburrimos. Porque cuando el mundo deja de hacer ruido, queda una pregunta que ninguna pantalla puede contestar:
¿qué hago conmigo cuando ya no tengo nada que hacer?